Me caigo

me rompo

Por José Ricardo Contreras

Sonó la alarma a las seis y media de la mañana.  Moví la mano para apagar el despertador sobre el buró, cayó al suelo el frasco de Clorpromazina. Calcé mis sandalias moradas. Pude percibirlo, estaba desnuda. Levanté del suelo la bata blanca de la seda más deliciosa que un abrazo de Dios y la vestí. Fui al baño con modorrez.  Rasqué mi nalga derecha con el mango del cepillo dental. Lavé mis dientes. Volteé mi vista al espejo… entonces vi en él cómo mi cara güera de modelo estaba dejando de ser perfecta; se comenzaba a derretir poco a poco. Salí de mi casa a prisa. Crucé la calle. Un hombre moreno era perseguido por uno rubio; al toparse conmigo, el perseguido cayó al suelo y su rostro se rompió como un jarrón, en mil pedazos, las esquirlas rebotaron en la pared de mis piernas. El miedo me abrazó, con sus garras me arañó la espalda. Encogí mis hombros. Sentí escalofrío. Comencé a correr. Vi a una pareja pelear por un bebé; ella jalaba la criatura de los brazos, él de los pies. De pronto, el bebé se partió en dos. No había sangre, sólo carne rota, hedionda a cadaverina. Apresuré más el paso. Al cruzar por la calle, no me percaté del curso de un coche; el semáforo estaba en verde. El automóvil se fue sobre mí. Puse mis manos frente a mí, como si con ello fuera a detener al vehículo. El coche se estrelló contra mi cuerpo y se hizo pedazos. El viento construyó una nube rosada con los cuerpos de los tripulantes del automotor que bañó todo a su alcance, incluida yo. Fui un poste de metal. En mí no hubo rasguño alguno. retomé mi camino y me vi como estaba corriendo nuevamente. En el restaurante de la esquina estaba un hombre, intentaba comer un elote. Los dientes se le hacían pedazos pero eso al sujeto no le importaba. Seguí corriendo, vi a un chiquillo encima de su patineta dando brincos sobre el cemento de la acera; subió a lo alto y al caer, los huesos de sus piernas se le hicieron añicos, pude escuchar el tronido como de la madera  con la cual me azotaba mi maestra en la primaria hasta resquebrajarse en mis nalgas. No podía parar de correr. Mis lágrimas caían a borbotones de mis ojos, parecían convertirse en cristal el cual me cortaba la piel al resbalar lentamente sobre ella, pero al caer hicieron un charco, y este inundó mi paso. Después de unos minutos, la calle se llenó de agua. Quise correr pero mis pies eran demasiado torpes para hacerlo entre el líquido. Arriba de mi cabeza, un enjambre de abejas se acercó a mi cabello. Intenté correrlas a manotazos y se me fueron encima a atacarme. La piel se me hinchó. Sentí el cuerpo lleno de bolas además del enorme dolor por la picazón. Subí a la banqueta, entré al edificio del hospital. Un guardia intentó detenerme a macanazos pero su instrumento se hizo pedazos al estrellarse contra mí. No me detuvieron. Subí las escaleras corriendo. Entré a cuidados intensivos. Vi a un hombre prendido en fuego acostado en una cama; su piel se le caía a pedazos y recordé el momento cuando comenzó todo. Seguí mi camino hasta verme reflejada en el espejo de la manguera de extinción. La piel de mi rostro ya no estaba en su sitio, sólo quedaba la carne viva y entre la misma, gusanos perversos y diabólicos hurgaban alimentándose de ella. El terror se apoderó nuevamente de mí, como cuando de niña, mamá me castigaba ocultándome en el ropero. Ya para entonces había subido doce pisos. Quise aventarme por la ventana, al vacío. Volteé a ver mis pies, tenía la carne viva; en algún momento del camino, había dejado sus plantas regadas en algún sitio, La sangre mezclada con la carne, estaba molida. Di un paso y los dedos comenzaron a quebrarse. Di otro paso, la pantorrilla parecía estar siendo rota por una fuerza superior con intentos de impedir mi camino hacia la ventana. Como burbujas de plástico rellenas de aire, al ser reventadas, sentí explotar uno a uno los huesos desde mis piernas hasta mi cráneo. La fuerza de mi cuerpo se fue pero no del todo. Pude llegar hasta la ventana. Entonces me aventé al vacío.

Ahora pendo en el aire. Espero llegar en algún momento a estrellarme contra el suelo para acabar con todo pero esta caída parece no tener final. El viento es una tela blanca, abraza mis manos, las sostiene a mi espalda, pero yo aún estoy flotando en mi jaula de almohadas donde todos mienten y yo, solamente caigo.

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