Venado yo

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Por José R. Contreras.

El cérvido nación en Tesia a las orillas del río Mayo entre las espinas de toloache y los guachaporis, sobre la hierba de manso que adornaba el valle repleto de sahuaros y tajuy. Tenía la cola blanca y el hocico manchado de puntos de un café más umbrío que la de su pelambre; de la mitad de su cuerpo hacia atrás, unas manchas blancas daban un aspecto pinto a aquél venado. Había nacido con un propósito específico aunque él, todavía no se daba por enterado.

En las tardes, se sentaba a contemplar el ocaso, le encantaba ver  el cielo arrebolado y tal vez, por el cercano desierto, podía asemejarse  la idea de que en los cielos, ardían en combate las Deidades.  Desde muy pequeño le gustaba jugar con las cachoras y huicos que vivían en los enormes álamos donde se paseaba desde Camoa hasta Valle buey. Se fascinaba con la idea de ser visto por los hombres y mujeres del pueblo de cahítas que siempre lo reverenciaban y él, orondo  de su belleza, se iba de largo con una especie de desdén.

Una tarde de primavera, de esos tiempos en que los nopales se encuentran tupidos de flores amarillas y despiden un aroma suave que se confunde con el de los duraznos en flor, y que las choyas parecen apuntalar con mayor énfasis a la piel de las personas, fue que conoció a Fulgencio, un buki mayo con piel de bronce, los pies desnudos y más duros que el caparazón de las tortugas abundantes en el río donde vivía el venadito. Alicusado con un traje de manta y oloroso a «huele de noche», el joven acarició en la cabeza al venado y le puso nombre; lo llamó «Mayocoba» por su semejanza en colores del frijol del mismo nombre, propio de la región. La amistad surgió con la inmediatez con que llegó esa noche, fue cuando el venado sintió la bitachera encima de su rostro así como los bobitos que insistían en entrar en sus ojos cafés. De pronto, aparecieron los copechis y con su luz, adornaron todo el camino del valle. A lo lejos, se escuchaban las chicharras y los grillos presurosos por el apareamiento con las hembras. Mayocoba regresó a su casa, un compendio de ramas donde su madre, la venada mayor, le aguardaba para arrullar y mecer sus sueños en la tibieza de su regazo dulce y amable con su vientre.  No se dio cuenta que lo seguía el yoreme quien lo vio detrás de un mezquite, acurrucarse en el seno de la madre.

La amistad entre aquél lepe y mayocoba fue creciendo y avanzando; todos los días se veían a la orilla del río donde jugaban, y juntos, contemplaban el atardecer, ambos parecían estar enamorados del crepúsculo. Al llegar la noche, el venado siempre regresaba a su casa.

Pasado un tiempo,  desapareció la mamá venada, ya no regresó al lugar donde pernoctaba. Mayocoba se sintió desesperado al sentir pasar las horas. Esa misma noche, vio a Fulgencio, que en sus manos llevaba un líquido del color de aquellos cielos cuando el sol hiere las nubes, pero en esta ocasión, era un rojo más intenso, más fuerte. Fue con esas mismas manos que lo acarició y lo inmovilizó amarrándole las patas. Mayocoba no entendía lo que sucedía, pensaba en aquél indio como un amigo. Dio un par de tatahuilas y se aquietó. El joven de la piel de bronce se lo llevó a un corral detrás de su casa junto al cual se alistaba la gente sobre unos bancos de madera alrededor de una mesa a comer frijol yurimuni con tortillas de harina y pedazos de carne que cocinaba la madre de Fulgencio en la hornilla atizándola con leña de mezquite.

El corral era muy grande y estaba pegado a una casa de adobe y carrizo. Mayocoba fue alimentado todos los días por Fulgencio hasta que llegó a la edad adulta y entonces,  esa tarde de verano, el venado fue llevado y liberado a las orillas del río por un par de desconocidos para Mayocoba. Acicaló sus ya enormes cuernos, volteó hacia la izquierda, vio a un coyote quieto cubierto con un sarape y sobre su frente, un penacho elaborado de plumas de águila;  a la derecha, un hombre con un grijuútiam en la cintura repleto de cascabeles y detrás, un grupo de hombres y mujeres que se sentaron sobre la hierba. Un anciano sacó una baa-wehai que llenó de agua amarrado con un baa jiponia y lo empezó a sonar con una vara; produjo sonidos con sabor a tierra, a agua y aire silvestres. El venado respiró como hirúkiam. Otro hombre más joven cantó en yoreme y Mayocoba sintió que sus patas lo obligaban a danzar sobre aquel enorme solar frente al río; se acercó al agua, bebió  y comenzó a brincar de un lado a otro. Mayocoba, pudo percibir que la gente estaba en ese lugar para adorarlo en todo su esplendor;  lo acariciaban con la mirada y con la misma, lo elevaban a nivel de Dios. El másculo brincaba entre arisco y juguetón, lució su piel que brillaba con el sol; el Dios le había dado una enorme corona que mostraba gallardo, sin modestia. Sintió el amor y el sudor del viento caliente, pero amable sobre su rostro. Un par de senasos se escucharon a lo lejos y volteó a ver sus patas sobre las cuales había una serie de tenábaris que completaban el cuadro. La música subió de tono, el canto hizo estallar los sentidos de Mayocoba en júbilo y placer. En ese momento, apareció otro hombre con flecha y arco y después de contemplar la danza del venado, lanzó su flecha y le atravesó el corazón. El cielo se oscureció de repente con un negruzco luto y unas pocas gotas que se escaparon de sus nubes, hacían suponer que estaba llorando. Mayocoba caminó hacia un lado, hacia el otro, los mezquites sudaron aceite rojo y el suelo se cimbró. Entonces el venado cayó al suelo agonizante. Movió involuntariamente las patas levantando una polvareda mientras observaba a Fulgencio, era él el cazador. Fulgencio se hincó a los pies del venado, hizo una reverencia, la música y el canto se detuvieron. Todas las personas se hincaron, impusieron sus manos unos a otros; untaron sus frentes con aceite de víbora de cascabel y comenzó a llover. La sangre corrió al río y las personas, entre indios y yoris, se arrimaron a beber de sus aguas. Cuando voltearon a ver hacia donde había caído el venado, vieron en su lugar a Fulgencio tirado en el suelo con el corazón atravesado por una flecha; sobre su cabeza se cimbraba una cabeza de venado. A su costado, los senasos cansados sonaron sobre las hojas del zacate verde, al roce de la pata de un venado que salió corriendo mientras todas las personas observaban.