Los guachaporis

guachaporis

Por José Ricardo Contreras S.

Llegué temprano a la casa de la Queta, así le digo a mi jefa porque se llama Enriqueta. Yo tenía mucha sed, me vine caminando desde San Ignacio Cohuirimpo hasta acá. Son como cinco kilómetros. ¡Salí a las nueve de la mañana del CREDA! Me duelen los pies pero me aguanto porque soy muy hombre. Estuve los seis meses de rigor que debe pasar todo interno por drogadicción y ya estoy listo. Me pude salvar de la cárcel al haber entrado a ese lugar, delicada la Sofía mi plebe, nada más porque le di unos cuantos arrempujones. Sólo recuerdo el hilo de sangre correr por la esquina derecha de su boca… pero ella tuvo la culpa, olía al perfume de otro vato esa noche cuando llegué bien pacheco, de seguro andaba de cabrona, aunque ya la perdoné, no dejo de pensar en que las esposas esposan y las amantes aman; por eso preferiría ir mejor a buscar a la Chela; ella nunca me recriminaba ni hacía bronca de nada. Las esposas están para ser las señoras de la casa y no para intentar igualarse a los hombres pretendiendo tener un lugar que no se les ha asignado distinto al de la cocina y la casa. Así ha sido siempre y será, Dios lo manda de ese modo. Espero que esta vez sí me alcance la rehabilitada para no caer de nuevo. Traigo la boca seca, los pies todos picoteados por los moscos, pareciera que tengo coloradito de tanta roncha, además los guachaporis se me encajaron en las piernas cuando pasé por la orilla del cerco del panteón y me molestan mucho; estaban enterrando al Fausto, que dicen que lo picaron unos cholos aunque todos sabemos que el güey era el tirador del barrio. Ahora a ver quién nos vende. A ver a qué hora llega la Queta. ¡Siento que mi corazón late más a prisa!, ¡Parece que es la Marcela la que viene ahí con mi hijo!… pero… ¿quién será ese hombre que viene con ella?… ¡La está besando!, ¡Ahorita va a ver la hija de la chingada!