El somier de hierro

La medida de mis caricias

Por José Ricardo Contreras

Los vidrios de las luces frontales del sedán 95 se hicieron añicos al recibir la embestida del camión refrigerado de la leche Yaqui. El bocho gris oxidado de Miguel, había quedado magullado, molido, chicampiano por el golpe. Era de noche y la luna llena brillaba en todo su esplendor entre las choyas, sahuaros y etchos cimbradas sobre los cerros secos y áridos.

Miguel se dirigía a la mesa colorada, un pueblo no muy lejano a visitar a su novia Alfonsina. Al adolescente le temblaban las corvas de los nervios, se había robado el sedán de su padre y tras el accidente, imaginaba la pela que su padre habría de proporcionarle. Por otro lado, vio bajar del camión a un hombre con apariencia de estar tres veces más nervioso que él; un chero chapito, de no más de un metro con sesenta de estatura; moreno casi como el carbón.

–Disculpe amigo –Dijo el conductor del camión refrigerado muy nervioso–, fue sin querer. La verdad venía distraído y no me fijé.

–Oh, no… ¡el lío en el cual me acaba de meter con mi jefe!

–No se preocupe joven, tenga –El chofer sacó un fajo de billetes de dólares y se los dio a Miguel.

–¿Qué es eso?

–Dinero… para que no llames a la policía –El hombre sacó un paño rojo más desgastado que la pintura del sedán de Miguel y se secó el sudor el cual, mal quitaba con el trozo de tela, cuando nuevamente perlaba la frente de aquel hombre–…Por favor, podemos arreglarnos aquí…

–Eso es mucho dinero señor… yo no puedo aceptarlo…

El chofer insistía en su idea, al parecer quería darle el dinero a Miguel y retirarse de inmediato.

El lugar era un camino viejo de terracería sin nombre, a unos cinco kilómetros de la carretera internacional rumbo a Hermosillo.

Miguel estaba a punto de aceptar el dinero del chofer, después de pensarlo concluyó que la cantidad aparente, era mucho mayor al valor mismo del sedán. Pero en ese momento llegó una patrulla.

–¿Qué está pasando aquí?

–¡La policía!

El nerviosismo del chofer creció todavía más. Corrió despavorido a la cabina de su camión. Los policías al ver la actitud del chofer, se fueron tras él. Miguel se quedó a responder las preguntas de otro de los oficiales. El chofer se sentó en el asiento del conductor del camión, de la parte trasera del asiento del copiloto, hizo a un lado las chimisturrias y luego sacó una escopeta, la introdujo en su boca. Miguel y el otro oficial, sólo escucharon una fuerte detonación. Se tiraron al suelo sin poder identificar lo que pasaba.

–¿Viste?, ¿por qué lo hizo?

Escuchó Miguel a los oficiales que se encontraban junto a la cabina del camión. Sus oídos no alcanzaron a percibir la respuesta del tercer oficial en el sitio. Lentamente se levantó del suelo y en cuanto estuvo completamente de pie, se aproximó a la cabina del camión. En posición de tres cuartos, sólo alcanzó a ver el cuerpo del chofer pero no la cabeza de aquel hombre moreno, no al menos en el lugar donde debía estar. Solamente vio sangre y una paleta de colores chirris en el agujerado techo del camión. De inmediato se hizo a un lado para no seguir viendo el espectáculo, para él, con apariencia tremendista. El adolescente escuchó la puerta trasera del camión refrigerado abrirse; eran los otros oficiales quienes se dispusieron a inspeccionar el camión. Los oficiales hablaban por radio. Miguel escuchó un grito el cual le pareció aterrador emanado desde las entrañas de un infierno apelmazado en el vientre de la oficial que se atrevió a abrir la caja refrigerada. De inmediato Miguel y los demás oficiales corrieron hacia ese lugar. Al llegar al espacio trasero del camión, Miguel vio de abajo hacia arriba escurrir un líquido rojo de una mano debajo de otra, de otra y luego otra… apilados por montones, decenas de cadáveres de niños sobre un somier de hierro.

 

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